Hace tres años la pregunta era quién usaba IA generativa. Hoy esa pregunta ya no distingue a nadie. En la encuesta State of AI de McKinsey (marzo de 2025; 1,491 participantes en 101 países), 53% de los ejecutivos encuestados usaba IA generativa con regularidad en su trabajo, contra 44% de los mandos medios.
El estudio de KPMG y la Universidad de Melbourne (2025; 48,340 personas en 47 países) muestra la otra mitad: 83% espera beneficios de la IA, pero solo 46% está dispuesto a confiar en ella. Mucho uso con confianza limitada sería sano. El problema es el comportamiento de la apertura: el riesgo está en quien la usa, confía en ella, tiene poder de decisión y dejó de verificar lo que recibe.
La región hace esta discusión más urgente. Según el McKinsey Global Institute (julio de 2026; vacantes publicadas en Argentina, Brasil, Chile, Colombia y México entre 2023 y 2025), las vacantes que exigen fluidez en IA se multiplicaron casi por once, la mayoría en roles no técnicos.
La captura de valor no va al mismo ritmo. El estudio del Foro Económico Mundial y McKinsey (enero de 2026) encontró que solo 10% de las organizaciones latinoamericanas vincula su implementación de IA con la estrategia del negocio.
PwC Interaméricas muestra la misma tensión desde otro ángulo en su 17ª Encuesta de CEOs (febrero de 2026; Centroamérica y República Dominicana): 85% de los colaboradores afirma haber usado IA en su trabajo en el último año, mientras los CEOs que dicen aplicarla en gran o muy gran medida son 20% en el establecimiento de dirección, 24% en productos, servicios y experiencias, y 14% en servicios de soporte. El problema regional no es acceso. Es convertir uso en capacidad, capacidad en decisión, decisión en flujo de trabajo, y flujo en resultado económico.